El Gran Hotel Budapest (2014)

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“Aún hay vagos destellos de civilización en este matadero salvaje que alguna vez fue la humanidad”.

Wes Anderson es un incomprendido. Su cine de autor le ha permitido hacerse un lugar en el colectivo de los grandes directores, aunque eso signifique no ser del gusto de todos los espectadores. No sólo la comedia dramática es su sello, también lo es el estilo de fotografía que prefiere, haciendo que las historias, por lúgubres que sean, parezcan un cuento para niños. Esa magia que poseen sus filmes causa molestia en algunos y fascinación en otros. Pero El Gran Hotel Budapest no deja espacio para la indiferencia.

La película arranca con una joven visitando, en el presente, el memorial del “Autor” de esta aventura, cuya foto sale en la contraportada del libro que sostiene en sus manos.  En la secuencia siguiente, el “Autor” (Tom Wilkinson) cuenta que en su juventud (interpretado por Jude Law) tuvo la oportunidad de cenar con el dueño de un hermoso y alicaído hotel, Zero Moustafa (F. Murray Abraham), y conocer de sus propios labios la increíble historia sobre cómo se hizo poseedor del recinto y lo influyente que fue para él M. Gustave (Ralph Fiennes), antiguo conserje y dueño del Gran Hotel Budapest.  Es la historia que Moustafa narra, ocurrida en 1932, la base central de la película.

Este relato marco, compuesto por cinco capítulos y con diversos saltos temporales, está protagonizado por el mencionado Gustave, el personaje más carismático y entretenido del filme.  Es extravagante en sus gustos, sofisticado en su forma de ser y con un agraciado sentido del humor para enfrentar la realidad.  Moustafa lo define como “inseguro, vanidoso, superficial y absorbente”, pero también es elegante, educado, íntegro, romántico y enigmático.   Ralph Fiennes lo interpreta magistralmente, dotándolo de una sutil gracia, evitando caer en lo bizarro, pero siempre manteniéndolo en la línea de lo absurdo.

Además, como es característico en el cine de Anderson, The Grand Hotel Budapest cuenta con un desfile de estrellas que suelen colaborar con el director, dándole un aire fresco al desarrollo de los hechos.  No obstante, este uso recurrente de actores, para los seguidores del realizador, puede ser contraproducente. No porque los cameos sean negativos, sino porque a veces suelen convertirse en un foco distractor de la trama. Anderson en la mayoría de los casos no profundiza en los trasfondos de estos personajes ni explica por qué son así, convirtiéndolos en meras caricaturas.

No obstante, la particularidad de la película no recae en las actuaciones, sino en la forma de la narración.  Abordando cuatro espacios temporales, Anderson logra hilvanar los hechos con sutileza, sin exabruptos que hagan perder la atención. Utiliza colores vivos y brillantes, es ordenado en la presentación de los eventos a través de los capítulos, y cuenta con múltiples narradores que ayudan a desenredar una historia compleja, pero sencilla; absurda, pero emotiva.

El Gran Hotel Budapest es un excelente cuento que se acerca con humor y ternura a los límites de la tragedia.  No cae en los excesos,  aunque tampoco alcanza la perfección. Aun así, la odisea del señor Moustafa cuenta con todos los elementos para ser etiquetada dentro de los clásicos, donde los villanos visten de negro, no hay personajes con contradicciones morales y todos tienen sentido del humor.

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