Mary Poppins (1964)

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Es una de las joyas de la corona en el mundo de Disney.  Es un clásico de todos los tiempos por sus maravillosas canciones, memorables interpretaciones, novedoso estilo de filmación y sobre todo por su valioso mensaje. Porque Mary Poppins, estrenada en 1964 y dirigida por Robert Stevenson, no sólo es una película infantil que busca enseñar valores a los niños, sino también es ese poquito de azúcar que necesitan desesperadamente los adultos para endulzar la amargura que, a veces, suele traer la vida.

Para aquellos que no conozcan la historia, los hechos ocurren en Londres de 1910.  Mary Poppins (Julie Andrews) es una institutriz, quien cae desde los cielos, para trabajar para la familia Banks, en la casa número 17 de la calle Cherry Tree Lane.  Ella acepta la solicitud de Jane y Michael para llevar amabilidad, diversión y calidez al hogar, aunque también una importante lección para George Banks, padre de los niños, quien se dará cuenta de lo errado que es el camino que ha elegido.

La magia es un elemento común en la factoría Disney, sin embargo, esta se acerca más al realismo mágico, ya que los elementos de fantasía son aceptados como parte de la cotidianidad de la vida. Así es como la casa con estructura de barco y el estruendoso cañón con su puntual disparo al mediodía es recibido con normalidad.   Y eso también incluye los estrambóticos poderes de Mary Poppins.

La historia detrás de la producción de la película también es reconocida, puesto que P.L. Travers, autora del libro, se demoró cerca de 20 años en ceder los derechos para comenzar la filmación del filme.  A pesar de su insatisfacción y las múltiples condiciones que impuso, narradas en Saving Mr. Banks (2013), la película fue todo un éxito.  Canciones como “una cucharada de azúcar” o “Chim Chim Cheree” permitieron a la gente mirar la monotonía de la vida con otros ojos, al igual como lo hacen los personajes en el filme: los paseos en el parque pueden ser grandes aventuras y todos los trabajos tienen una cuota de diversión.

Además, la música es sobresaliente a la hora de ayudar el estilo visual del filme, sobre todo cuando Dick van Dyke, en el rol del carismático deshollinador Bert,  ejecuta una coreografía de danza con unos pingüinos animados, rompiendo las barreras de la imaginación.  No obstante, no todo es tratado con alegría y ligereza.  “Feed the Birds”, interpretado con la dulce voz de Julie Andrews, es un verdadero emblema sobre el valor de la bondad y que todos, sin importar su condición socioeconómica, merecen respeto y atención.

Mary Poppins es la magia de Disney en su máxima expresión. Un filme lleno de colores y contrastes, que no envejece ni acumula polvo con el pasar de los años. Tal vez no generará carcajadas, pero si inspirará alegría e invitará a la nostalgia por un tiempo donde la inocencia y la imaginación eran mejores compañeros que la astucia de la tecnología.

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