Calvary (2014)

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“El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.  Al parecer las enseñanzas de Jesús poco sentido tienen en estos tiempos:  prácticamente todos son pecadores y nadie puede realizar una acusación o condenar las malas acciones de otros. Calvary, del director irlandés John Michael McDonagh, trata sobre cómo los escándalos que han ensuciado la imagen de la Iglesia Católica han provocado que las personas no sólo hayan perdido la fe en esta institución, sino también la fe en el prójimo.

El filme arranca con un sacerdote, el Padre Lavelle (Brendan Gleeson), dentro del confesionario, escuchando rutinariamente a los feligreses de su comunidad.  Pero todo se rompe con una impactante declaración.  Un hombre le revela que durante su niñez fue abusado sexualmente por un representante de la Iglesia, pero que no vale la pena vengarse, porque el culpable ya está muerto.  “¿De qué sirve matar a un sacerdote malo,  si puedo causar impacto al matar un sacerdote bueno?”,  exclama el sujeto.   De esta forma, amenazándolo y dándole una semana de plazo para que finalice sus asuntos, comienza el calvario del protagonista.

La ironía del asunto es que el padre Lavelle es un sacerdote bueno y amable que siempre está dispuesto a ayudar a los demás, demostrando una sensibilidad que es la que todos esperan en la figura de un cura, pero que hoy resulta inusual.  Sin embargo, la gente del pequeño poblado irlandés recibe con recelo las palabras de Lavelle, demostrando un extraño rencor contra el hombre que mejor representa los verdaderos ideales que promueve la religión católica.

¿Es la sociedad la desadaptada o el párroco el que está fuera de lugar?

Es abrumador ver como el vicario de la Iglesia también intenta reprimir su odio cuando interactúa con personas que representan lo peor de la humanidad.  Y es porque Lavelle no es un santo.  A pesar de todas las cualidades descritas anteriormente, el padre también es humano como el resto de los habitantes de la comunidad.   Lo que sorprende es que él no pierde la fe en los pecadores que lo rodean. Cualquiera en su lugar se hubiese rendido.  Gleeson en su interpretación es fantástico, representando la complejidad de su personaje y transmitiendo la desesperanza de estar ante un rebaño que se rehúsa a escuchar a su pastor.  Él es la película y cada secuencia de la película se resiente cuando no aparece o no trata sobre él.

Aun así, en medio de toda la mierda que lo rodea, también hay espacio para la esperanza.  En una escena, el Padre Lavelle intenta consolar a una viuda que acaba de perder a su marido, razón bastante grande para hacer que una persona pierda la fe.   Sin embargo, la mujer ofrece una extraordinaria reflexión: “La muerte es justa.  Lo que no es justo es que la gente intente llevar una vida sin amor.  Siento lástima por ellos”.

En el plano técnico, Calvary cuenta con una extraordinaria fotografía, la cual permite apreciar la belleza del escenario, aunque deja una sensación de amargura, debido al contraste que ofrece la naturaleza y las personas que habitan ese lugar.

Calvary es un drama inteligente, tanto en la forma en que se narra como en la trasfondo, pues plantea interrogantes necesarias.  El padre Lavelle sabía (quizás) quien era su posible verdugo, pero para el espectador es imposible saberlo.  Por lo mismo, la tensión es constante y no queda otra opción, al ver las acciones del sacerdote, que sumergirse en la misma esperanza que desprende, deseando que al final las amenazas de su victimario sólo sean palabras vacías y creer que el mundo no está tan desquiciado como parece.

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